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CONCURSO LITERARIO NACIONAL E INTERNACIONAL 2013 DE RELATO Y POESÍA

CONCURSO CERRADO




“Palabras sin fronteras”
BASES:
  1. BRUMA EDICIONES (Mendoza, Argentina) convoca a todos los poetas y escritores de habla hispana de cualquier nacionalidad a participar del Concurso Literario Nacional e Internacional 2013 de Relato y Poesía “Palabras sin fronteras”. Los menores de 18 años, deberán hacerlo acompañado por una autorización escrita de un mayor responsable.
  2. Los trabajos deberán enviarse a brumaediciones76@gmail.com
  3. Los interesados enviarán por correo electrónico en un archivo en formato Word 1 a 3 poemas escritos en español y de temática libre para el género de poesía de nos más de 35 líneas cada uno; o 1 a 3 relatos de no más de 245 líneas, con letra Arial de 10 puntos en tamaño A 4.
  4. En el asunto del correo electrónico deberá colocarse lo siguiente: Nombre del concurso y nombre del participante, ejemplo: CONCURSO LITERARIO NACIONAL E INTERNACIONAL 2013 “Palabras sin fronteras”/ Juan Pérez.
  5. En el cuerpo del mensaje deberán incluir nombre, domicilio y número telefónico del participante.
  6. Premios: El primer premio consistirá en la edición de un libro personal del ganador de 64 páginas en cada género. Trofeo y diploma para el 2do y 3er premio. Además se otorgarán, si la calidad de los trabajos lo ameritan, 5 (cinco) menciones especiales.
  7. Se recibirán los trabajos hasta el 4 de Octubre del 2013.
8.    Está previsto realizar dos antologías cooperativas, una por género, con todos los autores preseleccionados.Los resultados serán comunicados a los escritores personalmente.
9.    Durante la entrega de las antologías que se harán el 7 de Diciembre del 2013 en la ciudad de Mendoza en lugar a definir oportunamente, se darán a conocer a los ganadores del libro particular de cada género.

Consultas:
Teléfono: 54-261-155152414

ALPINO Y LA CAPACIDAD DE ENGAÑARSE



Pensar que su vida había sido un regalo del cielo, era lo que más le satisfacía. Eso lo decía constantemente. A los embates oscuros y tropiezos normales que tiene cualquier hombre corriente en este empedrado camino de la existencia, los había maquillado de tal manera que se disimulaban ante los ojos del prójimo, es decir, sus colegas atribulados de problemas que acompañaban sus jornadas laborales. En rigor de verdad, no es que a los demás, es decir, esa masa indescriptible llamada prójimo, le sucedieran más cosas fatales que al protagonista de este relato. No, para nada, sólo que nuestro héroe se contentaba con demostrar que a él siempre le iba mejor y caía parado como un gato lo hacía desde el  séptimo piso. ¿A qué se debía esa curiosa manía de decir que era un hombre de suerte? Hasta ahora nunca he encontrado respuesta a este interrogante.
Courbet
Paralelamente a esa vida casi paupérrima que llevaba, a nuestro amigo le gustaban las películas de héroes. A ver, entendámonos bien: no hacemos referencia a la figura del héroe de la tragedia griega que da la vida por una causa tan vasta que excede su pobre condición humana, sino a las películas de héroes de Hollywood, ese inhóspito  lugar de ideas creativas y profundas que ha pintado a la humanidad en la enorme división de buenos y malos, sin dejar abierta la fisura alquímica de los grises.
En resumidas cuentas, Alpino habían llamado sus padres a ese bebé regordete que había nacido un martes trece de hace casi cuatro décadas atrás. Ustedes, lúcidos lectores, dirán: ¡qué previsible! ¡Era lógico y probable que hubiese nacido un martes trece y como respuesta defensiva ante la mala suerte, pregonara a diestra y siniestra, su calidad de suertudo! Pues debo confesar que a este pobre testigo no ha elegido la fecha de nacimiento ni las paganas y pueriles connotaciones que la humanidad le ha atribuido al desgraciado número y su correspondencia con el día de la semana en cuestión. Las cosas son así y es mi deber, o al menos mi deseo, seguir narrando la historia de Alpino.
Lo más contradictorio era que su suerte distaba mucho del aspecto económico. Su fortuna estaba en la capacidad amatoria de Alpino y en dejar los corazones destrozados de las desdichadas féminas. Hecho, a ciencia cierta erróneo, porque las mujeres que él habíase jactado de amar, llámense, según el improbable estado civil que nuestra sociedad reclama para sus ciudadanos, solteras, casadas, viudas y/o separadas recientes, le habían prometido amor con tan poco desparpajo que cualquier persona que entienda que las mujeres de siglo veintiuno distan mucho de aquellas de la Edad Media que nuestro Alpino había leído en el Decamerón de Bocaccio. 
¿Razones? Como testigo invaluable de estos hechos, debo decir que era la falta de amor, o de reconocimiento, sino ¿qué otra razón puede llevar a un hombre a acostarse con numerosas mujeres sino el desierto amatorio? La falta de seguridad en sí mismo. ¿Eh? ¿No les parece? Eso le dije yo cuando una vez me acosté con él absorbida por la curiosidad. Porque yo puedo ser ama de casa, pero también soy profesora de yoga y leo y me instruyo. Pero no quiero salirme del tema en cuestión, es decir, del papel de narradora que me ha tocado ahora. Mientras se calienta la leche de los chicos y antes que éstos pobres angelitos de Dios se levanten, les voy a narrar lo que me enteré y lo que pude saber por propia boca de Alpino.
Alpino vivía solo, condición básica para el despliegue de sus aventuras. Alguna vez había estado enamorado de verdad. A ver, dejemos en claro que el ser humano ama una vez, como dice la afamada canción. Sin embargo, en los ojos de Alpino, había condescendencia, cuando no, vulnerabilidad ante la caricia femenina. Porque cuando él amaba a una mujer, parecía que realmente la amaba, ¿se entiende? Sepan disculpar que sólo soy profesora de yoga y no soy Agatha Christie ni nada de eso. En otras palabras, pero que al fin y al cabo dicen lo mismo: Alpino no engañaba a sus eventuales víctimas. Con el tiempo me di cuenta que eran ellas las que lo engañaban a él, y me incluyo en la triste lista. Era un especie de samaritano sexual, por decirlo de alguna manera, entonces cuando ellas se satisfacían de un hombre que le dijera cosas bellas o cochinas aunque sea una noche, luego prescindían de él como un par de zapatos viejos, o menos que eso, porque a veces un par de zapatos nos puede gustar tanto que cuando lo dejamos de usar, da no sé qué tirarlos. En todo caso, puedo aventurar que Alpino valía menos que un cancán, de aquellos que se corren el hilo cuando lo usaste una vez nomás.
En definitiva, lograr que Alpino se me acercara no fue difícil. Pero ya estoy contando cosas privadísimas de mí y no era ésa la idea.
Cada vez que Alpino aparecía por mi clase de yoga, se tornaba difícil la concentración.  Todos piensan que el yoga es sólo para un grupo de mujeres con mucho dinero y pocas cosas que hacer, lo cual en cierta manera, es cierto. Sin embargo, muchas veces nos encontramos meditando más allá de los meros ejercicios de respiración, actividad que nos traía beneficios tales como pensar en el sentido de nuestras vidas. Este hecho de profundas raíces filosóficas, tiene una sola finalidad: el amor. Porque por alguna oscura razón, al sentido de la vida lo encontramos si eso va acompañado con el amor, es decir, con sentirse amada y todas esas convenciones sociales que apañan nuestros días. Entonces, como les decía, luego de los ejercicios respiratorios, que nos dejaban a todas flotando en las certezas de lo incierto, frase por demás asertiva de la condición humana, nos agarraba una melancolía de aquellas; de aquella melancolía tipo Schopenhauer. Y allí estábamos, réplicas impertérritas de la estatuita de Rodin, con las manos en los mentones algunas, tiradas panza arriba otras; pero todas mirando sin ver, absortas en el infinito inconmensurable de nosotras mismas, ese infinito que tiene un solo nombre: saber quiénes somos. Allí se me ocurrió, dado que en esas humildes mujeres trabajadoras del pensamiento había combustible  para que prenda la llama del pensamiento,  hacer la lectura de pensadores filosóficos. Y todo por el mismo precio, porque no podemos olvidar el aspecto económico. Luego de profundas cavilaciones, esta vez yo sola, llegué a la conclusión como un hallazgo: Alpino podría venir a hablarnos de filosofía. Porque olvidé decir, digresiones obvias de una narradora principiante, que Alpino era profesor de filosofía del secundario.
Alpino llegó una mañana con un manual de filosofía del secundario. Nos miró a todas una por una y esbozó una sonrisa, diría casi carnal. Todas sabíamos quién era él, y como andábamos en la búsqueda del sentido de la vida y todo eso estaba inevitablemente relacionado con el amor, él era el sujeto indicado.

Alpino Segundo era el hijo menor de los cuatro hijos de un matrimonio de esforzados militantes de los años ’70. Sí, de aquellos años cuando el mundo era una certeza: el mundo estaba dividido en dos: los buenos, los malos. Una pequeña porción del mundo restante estaba ocupada por los indecisos, a los cuales también se los llamaba “tibios”. En otras palabras, a Alpino lo criaron entre sermones políticos frente al televisor y la hostilidad de todos los parientes.  Si nos preserváramos una opinión, podríamos decir que Alpino necesitaba siempre que lo quisieran, que lo estimaran, que lo confirmaran como un sujeto deseable. 

(Continuará)

CENIZAS



Esteban tuvo un sobrecogimiento al ver que el empleado recogía con una espátula la ceniza del piso crematorio y la depositaba en la bolsa de nylon.
Una vez finalizada la operación, pasó por las oficinas, firmó papeles y le entregaron con una fingida condolencia la urna que contenía las cenizas de su padre. Sonrió triste y salió. Subió a su auto, colocó la urna en el asiento a su lado y comenzó la marcha.
Condujo por la autopista a una velocidad media. Puso el adagio de Albinoni una y otra vez, porque pensaba que esa era la música que le hubiera gustado oír a su padre.
La mujer estaba al costado del camino, tenía una mochila en la mano y le hizo señas. Por un momento pensó en acelerar, pero sin razón alguna detuvo la marcha y estacionó al costado del camino. Mientras veía por el espejo retrovisor a la mujer acercarse, colocó la urna con los restos de su padre en el asiento trasero.
Cuando ella se sentó en el asiento donde hacía segundos estaba la urna, notó que era muy joven. Hola, le dijo, gracias por parar.
No tenés que agradecerme nada, dónde vas.
Ella acomodó la mochila entre sus piernas en el piso del auto y se alisó el pelo: no sé bien todavía, donde vas vos.
Él dudó antes de meter la primera: yo voy a la costa del mar.
Bueno, dijo ella, quizá yo vaya para allá también, voy a buscar trabajo.
El Falcon subió a la carpeta asfáltica y aceleró buscando las líneas regulares de la ruta.
Así que buscás trabajo, preguntó él.
Sí, dijo la chica, en realidad quiero independizarme y hacer mi vida y vos.
Esteban recordó a su padre que iba a sus espaldas.
Voy a tirar las cenizas de mi padre al mar.
Él pudo percibir el estremecimiento de la joven. Al fin preguntó, tu padre murió.
Él no contestó y ella se dio cuenta de lo absurdo de la pregunta.
Anduvieron algunos kilómetros sin hablar, hasta que ella giró sobre su asiento y descubrió la urna plateada.
Cómo era tu padre.
Él recordó a su padre años atrás cuando se había ido de la casa.
Era un tipo pintón, dijo al fin. En realidad me llevó muchos conocerlo y creo que nunca supe en realidad quién fue mi padre.
Una liebre cruzó velozmente la ruta a unos cien metros de ellos.
Recibía, continuó él, noticias de vez en cuando sobre su paradero, siempre con alguna mina nueva; al principio, cuando era niño, lo odiaba, pero con el paso de los años tenía muchas ganas de hablar con él, saber cómo era en realidad, qué le gustaba, qué pensaba del mundo, de la vida, no sé, esas cosas, curiosidad.
Y tu madre, qué te decía, preguntó la chica.
Mi madre al principio se consumió en el odio y luego en la tristeza. Creo que nunca se recuperó del abandono de mi viejo.
Al costado izquierdo del camino apareció un cartel que anunciaba que faltaban dos kilómetros para una estación de servicio.
En cambio mis viejos viven, dijo ella.
Hubo un silencio.
Yo me fui de casa.
El auto bajó la velocidad y entró en la estación de servicio. Antes de llegar al surtidor, Esteban dijo, o sea que estoy siendo responsable de tu huida, también.
El Falcon se detuvo ante el surtidor, un empleado se acercó vestido con ropas azules y blancas y una gorra con visera. Parecía un hombre de unos cincuenta años; bajando la ventanilla Esteban dijo: súper, lleno.
Mientras el tanque se llenaba Esteban vio de reojo el rostro de la joven: parecía una niña grande. Enseguida pensó que los padres debían estar desesperados.
Tus padres deben estar desesperados, dijo.
No tanto, dijo ella entrelazando los dedos, estaba en un campamento escolar en la montaña y anoche me fui. Tardará hasta que se enteren mis padres. Esto último lo dijo con cierto nerviosismo.
Esteban le pagó al expendedor y estacionó el auto al costado, cerca de unos camiones.
Vení, vamos a tomar algo, dijo él, llevó muchas horas de viaje ya.
Entraron en el maxikiosco.
Sentate en la cafetería, yo voy a buscar un café, vos qué vas a tomar.
Nada, dijo ella.
No, nada de eso, un café con leche y medialunas te hará bien.
A los pocos minutos Esteban venía con los vasos plásticos humeantes en la mano y unas medialunas.
Un camionero entró a la cafetería y fue a comprar cigarrillos. Luego se acercó a la mesa donde estaban ellos y preguntó: cómo está mi amigo, ese Falcon azul es suyo.
Sí, por qué.
Me parece que está perdiendo aceite, dijo echando un vistazo a la chica que tomaba de a sorbitos su café con leche.
Mierda, exclamó Esteban, hay algún taller por acá.
Mmmhh, pensó el camionero, no. Por este desierto de mierda no hay nada, adónde va usted.
A la costa.
Si quiere lo acercó a usted y su hija hasta allá y se viene con un mecánico.
Hubo un silencio. Esteban pensaba en las cenizas de su padre viajando junto al camionero y la chica, todos apretados en la cabina.
Lo pensaremos y le aviso mi amigo, dijo al fin.
Está bien, dijo el hombre, yo me voy a dar un baño y en un rato salgo.
La joven agradeció para sus adentros el uso del plural de Esteban.
Elina me llamo, dijo ella.
Él por primera vez sonrió débilmente:
Yo, Esteban. Un gusto conocerte, Elina.

To be continued.

LOS DISIDENTES (Relato elegíaco)

A mí se me encargó narrar esta crónica de los hechos para que los mismos no se pierdan en los anales de la historia, locución adverbial de profundas connotaciones escatológicas que trataremos de sortear.
En este pueblo el tema de la poesía es algo serio.
En realidad en todos los pueblos del mundo, sus vates son algo serio, pero en los últimos tiempos debemos reconocer que la poesía es la actividad de menor valor. En otras palabras y acudiendo a la implacable etimología: somos oficiantes minusválidos.
En cambio nosotros somos afortunados. En Morondanga, nuestro pueblo que debe su nombre a sus dos fundadores: José Adolfino Morondo y Justiniano Anga, sus habitantes asisten indefensos a una guerra que transcurre en las calles y en las sombras. Pero nadie parece entender y salen a sus actividades diarias con cara de aburrimiento como si nada pasara.
Era medianoche y estábamos reunidos en casa de Pichón Rivero. Habíamos bebido cerveza, leído nuestros poemas y hecho las correspondientes críticas diarias a la cofradía Las voces de la Claridad.
Suponíamos que a Menardo Puntano lo habían llamado los de Las voces de la claridad, porque hacía tres días que no sabíamos nada de él. Nos mirábamos y hacíamos silencio. Nadie quería pensar en una traición, pero los días pasaban y su ausencia era directamente proporcional a nuestra desconfianza. Menardo era un fiel luchador de nuestra causa, sabíamos de su desvelo por la crítica destructiva y la risa socarrona, pero también sabíamos de su anhelo de publicar cueste lo que cueste y Las voces de la claridad, tenían ese poder.
El poder del dinero.
Resumiendo, entre la crítica estéril y un libro lujosamente encuadernado que ostente tu nombre, hay un saltito de rana.
Para Plinio Sosa, era cuestión de esperar. Confiaba en Menardo. Pero Plinio era un contemporadizador.
-Es una estrategia para sacarle información –decía.
Apolonio Juárez prendió un pucho armado y la luz de la brasa resplandeció en la cara picada de viruela. Cuando Apolonio lograba este efecto visual, era señal de preocupación. Escupió los restos de tabaco adheridos a su lengua y dijo:
-Busquemoslo y acabemos con él.
Pichón fue hasta el cajón de su mesa de luz y sacó un revólver. Un treinta y dos heredado de la Guerra Civil Española. Miró por los orificios del cargador cerrando un ojo. Cargó las balas y con la punta del caño tocó el culo a su mujer que dormía y dijo:
-Encargate de las pizas.
-Dónde vas –preguntó la mujer, entredormida.
-Vos, encargate de las pizas que no se me quemen.
Salimos. En la calle llovía, siempre que tenemos acciones de esta índole, el cielo se encapota y nos acompaña. Esto había llevado a reflexionar a Menardo que nuestras acciones son divinas y trascendentes. Creo que todos recordamos esas palabras en silencio.
-Linda noche –dijo Plinio.
-Así es –contesté por decir algo.
-A Menardo algo le pasó –dijo Plinio tratando de llamar a la reflexión.
-Menardo nos cagó, Plinio –dijo Apolonio y nadie respondió.
Caminamos por la calle barrosa y nuestros pies hacían sopapas en el barro. Cuando llegamos al bar Gallo de Medianoche ya hacía media hora que había pasado el gallo. El gallo tenía el enigmático nombre de Bordiú, Pierr Bordiú, y Sander Maraí, el dueno del bar, tenía la costumbre de colocar al lujoso animal sobre la barra cerca de la medianoche para hacerlo cantar. A este canto se sumaba el acompañamiento en piano de Telonos Monk, que debía su nombre a dos razones: la primera porque dejaba gran parte de su sueldo en el telo Eros para todos, motel de Vustiman Castro, antiguo militante de la más dura izquierda luego devenido duro homosexual quien, para paliar su sentimiento de culpa por haber cambiado la dirección su vida, montó un motel de fácil acceso a las clases sociales más desfavorecidas para que palien sus deseos más abyectos. “Eros para todos, un motel que brega por la igualdad de sexos y el placer equitativo”, eslogan distribuido por Fort Nachón, antiguo albañil y actual pareja de Vustiman.
La segunda razón del nombre de Telonos Monk, era más artística: alguna vez tocó de telonero de Aníbal y los plañideros, banda de música ligera y superflua que contrataba periódicamente el Club de Razón y Progreso para entretener a las masas de Morondanga. A estos bailes solía concurrir Pichón Rivero en busca de alguna mujer de sencillas costumbres que lo arrastre un poco por los vicios mundanos.
Pero volviendo al tema del Bordiú, el inocente animalito había logrado interpretar algunas notas más complejas al oír tantas veces el piano desafinado de Telonos y se había transformado en la estrella del bar. Eso sí, había que ir antes de medianoche y esperar. Hubo un par de veces que no cantó. Sander argumentó problemas de garganta del indefenso animal pero la multitud rugió furiosa porque habían consumido y bebido sin obtener el espectáculo a cambio.
El bar Gallo de Medianoche tiene una concurrencia fija. Un grupo de pintores de nuestro palo, que van desde el arte configurativo al abstracto; cientos de poetisas que siguen nuestros pasos en la revista El ojo en la Melga, nombre campestre y telúrico ideado por Pichón Rivero, nombre, según él, que le transmitía olor a tierra arada, decía, tierra para ser cultivada y engendrada y era inevitable su irse por las ramas hacia las connotaciones sexuales.
Había poetisas y poetitas.
Respecto a la concurrencia femenina, llevábamos las de ganar. Al bar concurrían las más jóvenes porque nosotros éramos irascibles, machistas, mal educados e irreverentes. Las poetas viejas, fruncidas y elegantes, se iban al clan enemigo, acción que no reprobábamos.
Llamamos a Jazmín del Aire que andaba circulando por el bar en notable búsqueda de atención y la sentamos a nuestra mesa.
-¿Sabés algo de Menardo Puntano? –preguntó Pichón.
-No, ¿por qué?
-Sabés o no –dijo Pichón.
-No –dijo Jazmín visiblemente contrariada.
-Ta bien, andá –dijo Apolonio.
La chica se fue meneando el culo y Pichón por un largo momento que a todos nos incomodó, siguió el trasero de la chica con su vista.
-¿Qué hacemos? –pregunté.
-Mirá, Reartó –dijo Apolonio- vos sos el más joven y el más pelotudo en esto, yo hace años que estoy en Tierra Prometida y siempre fue igual. A Petit Tobares se lo llevaron, a Milagros Nocturno, también, a Samuel Peket y cuantos podría nombrarte –hizo un silencio-, resistir es una cuestión de honor, de ética, somos la guerrilla poética que queda en pie. Acá no hay lugar para blanditos, si estás dudando, tenés tiempo de pasarte al otro bando. Las voces de la claridad embanderan en diez minutos este pueblo de mierda con poemas que le canten al soberano y tienen un plato de comida todos los días.
-Pero yo no estoy dudando, yo creo en esta estética...
-Yo te digo nomás.
-Es fácil –dijo Plinio, tratando de calmar la discusión-, para ellos es fácil, tienen los medios.
Pichón sacó un libro del canasto de la bici que estaba a su lado, transporte que lo acompañaba hasta la cama, y leyó:
“La resistencia en literatura se parece a la juventud: no piensa en la vejez porque cree que nunca llegará, entonces es incansable.”
Nos miró a todos nosotros uno por uno con cara de badulaque.
-Y eso –preguntó Apolonio sacándose la carnecita de los dientes con un palillo.
-Es un libro de nuestros compañeros de lucha de Esperanza y Progreso, juntaron plata vendiendo chorizos en grasa del campo de Hermenegildo y lo editaron.
-Dónde –preguntó Plinio-, cómo hicieron.
Pichón miró el libro y dijo:
-Es una edición media chota, de todos modos, la tapa es de piel de oveja que allá les sobra, pero se ven lindos.
-Son poemas –pregunté.
-No es el manifiesto de su estética.
-Pero eso ya lo sabemos –gruñó Apolonio sin sacarse el palillo de los labios.
-Bueno pero la gente, no –argumentó Plinio.
Nos quedamos en silencio. Sabíamos que a los morondangenses le importaba un comino nuestra estética, pero no dijimos nada.
-Cómo hago para conseguir uno –pregunté.
-Mirá Tony –dijo Apolonio- no perdás tiempo en eso. Ahora hay que rescatar a Menardo.
-Para eso sería bueno conseguir un libro de ellos, hay que conseguir –cortó Plinio sin sacarse el cigarrillo de la boca en una curiosa imagen agresiva casi desconocida.
-De quiénes –preguntó Pichón.
-De Las voces de la claridad, de su manifiesto estético.
Nos quedamos en silencio. Todos nos preguntábamos por qué.
-Porque debemos estudiar cómo dar el golpe definitivo a estos tipos y para eso hay que saber cómo piensan. Hay que prepararles una celada.
Linda Meneadita, le llamaron los vecinos del barrio y nadie nunca se preguntó cuál era su verdadero nombre. Pichón la miró desde bajo el ala de sombrero ancha. Aspiró su puro:
-Hablá ¿estuviste con Menardo la última noche que desapareció?
Linda metió su pulgar en la boca y con un palito dibujó un corazón en el guadal de la calle.
-Sí, pero sean reservados.
-¿Y?
-¿Y qué?
-¿Qué pasó?
-¿Tengo que contar lo que hice? ¡Qué desubicados que son ustedes, eh! Serán muy poetas, pero son unos zafados.
-No, chiquita –gruñó Apolonio-, te preguntamos si notaste algo raro en la conducta de Menardo.
Linda bajó los ojos y sonrió:
-Sí, estuvo muy fogoso. Algo raro, porque siempre fue un plomo bárbaro: en medio de la situación se ponía a recitar un poema de un cuervo, y a hablar de la revista El ojo en la Melga, que sé yo y a mí se me iban las ganas.
-¿Notaste algo raro aparte de eso? –insistió Plinio.
-¿Y les parece poco?, estaba fogoso, ¿no les dije?
Apolonio se puso de pie y acercó su revólver a la cara de la chica:
-Sé específica, chiquita.
-Tenía hasta calzoncillos nuevos y no apagó el teléfono, yo cortaba clavos, mirá si llamaba la Caty.
Caty Adocenada era la joven esposa de Menardo, poeta también.
-Esperaba un llamado –afirmé.
Linda me miró y a pesar que tenía el revólver de Apolonio frente a su nariz, me sonrió. Me gustó.
-Escuchame –dijo Pichón con un libro en la mano- vas a entrar al edificio de la Eterna Felicidad y sacarás copias...
-¿Eh? ¿Qué les pasa a ustedes?
-Sshhh –interrumpió Apolonio- ¿no querrás que le digamos a tu novio qué hacés en las horas libres cuando él está en la Brigada Postsecuestro, ¿no?


A Linda comenzamos a prepararla para la misión. Lo primero que hicimos fue llevarla a un taller literario que nosotros dábamos en el Club Ganadero.
En realidad el taller agonizaba día a día. Los que nuevos reclutas que llegaban se iban a las pocas clases porque nosotros nos poníamos a recordar anécdotas nuestras y eso parece que a nadie le importaba. A fin de cuentas nadie escribía ni leía en la hora y media que duraba.
Con Linda Meneadita nos propusimos ser severos.
Primer día: El Decálogo del buen poeta.
-Primero –dijo Apolonio, levantando el dedo índice con unas hojas arrugadas en sus manos- amarás a tus maestros, Baudelaire, Homero Manzi, el Negro Orillero, Pascual Olguín, como a ti mismo.
Nos miró a nosotros:
-Pero, ¿quién fue el pelotudo que escribió esto?
-Por qué, che, si estuvimos todos de acuerdo -respondí.
-Pero cómo vamos a poner “como a ti mismo”, “como a vos mismo”, será, che, ¿cómo no nos dimos cuenta? Estamos usando el lenguaje de Las voces de la claridad. Bueno, a vé –dijo volviéndose a Linda- escribí, escribí.
-¿Cómo se escribe bodeler? –preguntó ella todavía sin sacar la vista del cuadernito.
-Be, a, u, de, e, ele, a, i, ere, e. ¿Entendiste?
Linda se tomó varios segundos que a nosotros nos pareció una eternidad.
-¿Listo? –preguntó Apolonio.
-Sí -dijo ella.
-¡Segundo! Anotá.

(CONTINUARÁ)