Escribir la danza del miedo.
Escribir el júbilo del desamparo
que se abandona en una porción de destrozo y fatalidad.
Escribir en todo no.
Escribir sobre el himen roto del espejo que retroalimenta los despojos de la banalidad. Escribir porque no hay mundo sino lo reescribo y no lo creo sino lo leo.
Escribir la morfología de la violencia.
Escribir ante el terror en los signos minúsculos del infortunio biológico.
Escribir la desmesura de lo silenciado en la constelación de la duda.
Escribir el sentido de la alucinación que nos alfabetiza.
Escribir en la más absoluta nulidad de pensamiento, dibujando letras con un trocito de fémur arácnido en la arena despejada de la conciencia.
Escribir la hora nunca.
Escribir la contradicción y el comienzo de la catástrofe.
Escribir la frivolidad de lo eterno.
Escribir para ordenar la nada.
Escribir ríos subterráneos para ahogarnos.
Escribir la palabra en celo.
Escribir la impugnación de la alegría, sin ninguna intención teórica ni objeto razonable.
Escribir ilegítimamente.
Escribir, inquebrantable, en los átomos del cosmos que se pulverizan.
Era noche clara de invierno, o era verano, no recuerdo, lo que sí recuerdo era que había luna llena y lejos de casa vimos pasar un falcon blanco, o era el resplandor plateado de la luna sobre la capota del auto. Pero sí pasó a lo lejos, vi, clara, la figura respladeciente del auto cruzando los alambrados y perdiéndose en la penumbra hasta llegar a las osamentas.
Mi papá decía que en las osamentas aparecía la luz mala.
-¿La viste, la viste? –me preguntaba algunas noches mientras miraba el horizonte difuso de la noche campesina.
Nunca la vi. Clavaba mis ojos en la oscuridad, mientras a mi lado con la respiración expectante mi padre insistía en que la viera.
Mi madre, en cambio buscaba respuestas racionales: momentos después, en la luz blanquecina del farol a gas, mencionaba que en realidad la luz de la luna llena ejercía un efecto rebote sobre el fósforo de los huesos, produciendo un efecto visual, que era generado por no sé qué. Eso me tranquilizaba. Pero también me decepcionaba: quería creer que había algo más allá de la vida que mis ojos registraban a diario.
Al día siguiente, me acercaba a las osamentas. Miraba los huesos que emblanquecían al sol, pero no descubría nada. Habían perdido el misterio que tomaban a la noche.
El rastro del auto estaba. Nuestro patrón tenía un falcon, pero era incomprensible que viniera a altas horas de la noche y entrara al campo –está bien: era suyo- y no pasara por la casa del capataz, es decir, de mi padre, quien escondía la mirada si yo preguntaba.
A Villalba mi madre le daba de comer en el comedor. Nosotros comíamos en la cocina. No era gentileza. Villalba olía como para voltear a un toro. Era tractorero. Después de sudar y tragar tierra un día entero en el Deutz, Villalba volvía a su casilla, se daba un baño con jabón blanco, se peinaba prolijamente, y se ponía la misma ropa que llevaba innumerables jornadas de transpiración y tierra. A las doce en punto se sentaba a la mesa redonda del comedor, donde mi madre le había dejado una olla con la sopa y otra con el puchero. Era un hombre enorme, blanco, con una voz afinada, que leía metódicamente la revista Gente y Siete Días. Tenía pilas de ellas en la casilla rodante. Villalba siempre estaba ansioso por hablar con alguien. Me pregunto qué habrá pensado de nuestra decisión de darle de comer solo, oyendo en la habitación contigua, una familia que conversaba animadamente, reía y parecía ignorarlo. Dos mesas separadas en la inmensidad del campo. Las decisiones de mi madre no se discutían.
Por boca de Villalba sabía del otro mundo. Los guerilleros, decía, se drogan para matar, uno les tira y tira balas y hasta que no les sale la última gota de sangre no mueren, decía con cara de satisfacción. ¿De dónde sacaba eso? De las revistas que apilaba en su casilla.
-Están endrogaos –decía-, están todos endrogaos.
Mi relación con las revistas era otra. De su pasado de señora de ciudad, mi madre había traído consigo una enorme cajas de Fotonovelas Nocturno. A la siesta mientras todos dormían, las sacaba de la caja y bajo las estanterías de medicamentos de veterinaria, me ponía a hojearlas. Me deleitaban esas mujeres que desfallecían de amor y daban su vida por él. Sentado con las piernas cruzadas, hojeaba fotos de un mundo lejano, de lujo, con automóviles caros, ropa elegante y vidas intensas. Afuera, el verano caía sobre el campo y se oía el mugido de las vacas y las chicharras.
Pero mi madre también había traído de la ciudad el tango. Escuchaba todo el día Radio Rivadavia y adivinaba los cantores y los tangos antes que el locutor dijera: “acabamos de escuchar a ...”. Imaginaba mi futuro como cantor de tangos. Saco, corbata, sonrisa amplia y tono tristón. Rodeado de éxitos y dinero.
Las fotonovelas Nocturno, el tango, la revista Siete Días, era parte de un mundo que desconocía.
Mi tío venía en invierno. Camioneta F100 gris, rifles, balas. Todos los años se repetía. Chaqueta de cuero, gorra de orejas con cuerito adentro. Mi padre carneaba un cordero, lo asaba, comíamos y a las once o doce, era hora de ir a cazar. Cargábamos en la Ford las armas, un reflector cuya luz derretía la helada, batería grande y salíamos. Éramos tres o cuatro porque también se agregaba algún empleado de la estancia. Barríamos el campo de invierno con la luz del reflector buscando la presa. Mi padre, mi tío y yo íbamos en la caja de la chata. Yo al medio para no caerme. Apoyados sobre la cabina de la camioneta, uno o dos con las carabinas listas y otro manejando el reflector. Hasta que aparecía la liebre.
-Ahí, ahí –gritaba alguno con la voz en susurro.
Lo ideal era enceguecerla con la luz. Se quedaban quietecitas con los ojos fijos en el reflector desde donde vendría la bala definitiva.
Pero otra veces, el reflector se clavaba en la presa, ésta saltaba y corría desesperada. Entonces el conductor, ya avisado, aceleraba y la camioneta se bamboleaba peligrosamente siguiendo al animalito por el campo. Los tiros se sucedían, esporádicos hasta que algún plomo daba en el blanco. La liebre daba un salto y caía rodando en el pastizal seco. Había gritos de alegría y yo sentía que los huevos me crecían en las piernas. Había que bajar, buscarla y rematarla degollándola y la cargábamos.
El zorro era rápido y la presa más buscada. Se pagaba bien su cuero. Cuando se encontraba alguno, la Ford bramaba y sus ruedas escarbaban la tierra en la aceleración. Aparecían varias carabinas y el tiroteo era tupido. Muchas veces los perdíamos.
El amanecer nos encontraba destripando la caza. Los animales colgaban del alambrado de sus patas y los cuchillos, ágiles y eficientes, separaban la piel de la carne. Los perros comían las vísceras lamiendo sus hocicos y mis dedos, agarrotados por el frío, se calentaban en las tripitas aún tibias de los animalitos, colgados de los alambres como banderas del despojo.
Al otro lado de la línea de la pampa transcurría el mundo. O sobre la ruta 7. Cuando llegó el Turismo Carretera, lo fuimos a ver. Estábamos al tanto por la radio a la hora que pasaría por nuestra zona. Debe haber sido invierno. Sé que estaba frío y la ruta desolada. De pronto comenzaron a aparecer los falcons, los chevrolets, rutilantes, adormeciendo la tarde gris con sus motores. El número doce era Traverso. Era el más rápido decían por la radio, por lo tanto cuando pasó frente nuestro dijimos con mi padre: “¡¡fooooo!!” -Mierda que va ligero el hijo ‘e puta –dijo mi padre, rebenque en mano, teniendo cortita la rienda del Colorao que paró las orejas y pegó una reculada ante el ruido ensordecedor del motor, según la radio, más rápido del TC. Con el Colorao la historia era otra.
El Colorao era un caballo nuevo. Lo habían traído al campo para acostumbrarlo a las tareas diarias. Pero era rebelde y mi padre no soportaba la rebedía de los animales, ni la desobedencia. Una tarde me lo prestó a mí con un mar de recomendaciones. Fuimos a recorrer. Andábamos por uno de los últimos lotes al trotecito. Él en una yegua mora que era su preferida. Yo, en el Colorao. De pronto, arriando unos animales levanté en vilo mi látigo para descargarlo sobre el lomo de ellos, pero el maldito se enredó en la cola del Colorao que sintió mi tirón cuando quise asentarlo con furia sobre el novillo. El látigo se ciñó al comienzo de la cola, en la parte más sensible y el Colorao comenzó una carrera desenfrenada hacia ningún lugar. Por primera vez sentí pánico. A pocos metros me seguía mi padre en la yegua, dando chistidos y órdenes de detención al animal desbocado. Pero nada. Yo miraba los ojos desorbitados del Colorao y tiraba contra mí la rienda con fuerza, sin ningún resultado. Sólo me restaba llegar hasta un alambrado y ver qué sucedía. ¿Saltaría? ¿Rodaría? ¿O se detendría al fin? Metros antes del alambrado apareció la cabeza de la yegua mora a mi lado y los brazos de mi padre. El Colorao corrió por el campo hasta que el látigo se le cayó de la cola. Pero no sería la única vez que el caballo, menudo y brioso, me haría otra. Una atardecer volvíamos de recorrer. Cruzamos el puente de madera del canal que atravesaba el campo y yo me bajé a abrir la puerta de alambre. Mi padre montaba el Colorao y yo el Oscuro. Abrí la puerta, pasé a pie con el Oscuro a tiro y mi padre, montado. Un segundo quedé tras los cuartos traseros del caballo. El Colorao se paró sobre las patas delanteras y lanzó una patada infernal sobre el indefenso cuerpo de un niño de doce años que recibió el golpe en el muslo derecho. Sentí que me elevaba por el aire y golpeaba, desarmado sobre los tensos hilos del alambrado. Mi padre se bajó inmediatamente y vio mi bombacha negra de campo metida en el tajo que habían abierto los vasos lacerantes del Colorao en mi pierna. Me sentó cuidadosamente sobre el suelo, afirmando mi espalda sobre el alambrado. Me habrá dado recomendaciones, supongo, no recuerdo. Pero sí recuerdo que él tenía lágrimas en los ojos cuando subió al Colorao, lo azotó ferozmente y salió en una carrera desenfrenada hacia el casco de la estancia. Era atardecer. El dolor en la pierna por momentos me desvanecía. Al lado, mirándome con ojos tristones estaba el Oscuro. Era un caballo gigantesco, buenazo hasta el extremo. Comía pasto y me miraba. La tarde caía y mi padre volvía con el Someca naranja desde la estancia, acelerado al máximo en una nube de polvo. El sangrado de mi pierna era reducido por la tela grafa que estaba incrustada en mi pierna. Siguieron los cuidados de mi madre en casa. Mientras mi padre iba hasta la estación de trenes más cercana para llamar al patrón que venga a buscarme para llevarme al médico del pueblo. ¿Cuántas horas pasaron? No lo sé. Pero al lado de mi madre las horas de enfermedad eran soportables.