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Rencor, mi viejo rencor...

"Rencor" de Andrés Loboguerrero. Mixta sobre tela 2011
Recuerdo haber leído alguna vez que cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, las mujeres francesas que habían sido amantes o novias de los alemanes (los vencidos) fueron obligadas a caminar por las calles de Francia para ser apedreadas por el pueblo. En el barrio, escrito con letras rojas y gigantes sobre el asfalto de una esquina hay un cartel que reza: "C... no seas tan forra, lo único que quiero es que me dejes a ver a nuestro hijo, por favor." No sabemos realmente qué ha sucedido en ese universo desconocido que ha forjado aquella pareja, pero lo que sí queda claro es el efecto: el grafitero herido de amor no lamenta tanto no ver a su hijo, sino más bien poner al desnudo quién es la tal C....  Exponerla ante la sociedad, que el resto sepa quién es, para que sea "apedreada" por la comunidad, que esas palabras rojas que surgen del cemento la señalen ante todos. Si uno sigue caminando más adelante, encontrará lo que faltaba: en la pared de la casa donde habita la mujer hay otra violenta inscripción indicando su nombre: que no queden dudas, aquí vive ella, parece decir el desesperado.  No solamente poner al descubierto quién es la infortunada, sino también lograr que todos la odien.
El amor es un viaje de ida, nadie vuelve de él: en el mismo camino se mezcla lo sublime o el despojo del naufragio.

NADA ES DEFINITIVO

Preparó el desayuno esa mañana, y cada movimiento de ella me hacía recordar el condenado poema de Prévert. Dijo que necesitaba aire, saber qué le pasaba, que era sólo una “oportuncrisis”. Nada de eso lo creí: sabía que jamás volvería a pisar el umbral de mi departamento. Sus manos avanzaron hasta el roce. Esa mañana su rostro era de más niña que nunca: me concedí un acto indulgente de piedad, intenté retenerla, mostrarle qué tanto desnudos estábamos los dos ante el dolor del mundo; que ha nadie le importaba lo que nos pasaba.  Era invierno: ella echó su abrigo sobre sus hombros y se fue.
Así de sencillo.
En los días que vinieron no paró de llover en mi corazón cansado. Sí, comprendí todo aquello de que cada uno busca la felicidad a toda costa a través de la presencia del otro.
Sin embargo, nos fuimos lentamente desintegrando en la erosión de las horas y de los roces ajenos. Hoy, ya no me duele. Es como un relampagueo de una huella no transitada, virgen, que el viento de los días va cubriendo y el pasado se hace cada vez más pesado mientras pasan los años A veces, resuena la frase jamás dicha, lo que pudo haber sido, lo que dejó de ser; eso de añorar el amor que no fue es como hablar con la muerte en el café de la esquina.
Pero la vida juega a la ruleta con nosotros.
Entonces, un día, un encuentro, un llamado por teléfono, otra voz, alguien que piensa en nosotros nuevamente y los días corren veloces sobre la tierra y nos restaura algo del elemento perdido. Otra vez la leve modelización del amor sobre otra piel, otra vez el temor de sabernos desnudos, indefensos ante el borrador que se escribe de nuevo. Otra vez la ceguera ante la puerta que se abre, el éxtasis y el abismo. Vivir: ejercicio de nadar en la red tejida de los sueños.
La vida todo te enseña, sólo si lo has vivido.