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Rencor, mi viejo rencor...

"Rencor" de Andrés Loboguerrero. Mixta sobre tela 2011
Recuerdo haber leído alguna vez que cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, las mujeres francesas que habían sido amantes o novias de los alemanes (los vencidos) fueron obligadas a caminar por las calles de Francia para ser apedreadas por el pueblo. En el barrio, escrito con letras rojas y gigantes sobre el asfalto de una esquina hay un cartel que reza: "C... no seas tan forra, lo único que quiero es que me dejes a ver a nuestro hijo, por favor." No sabemos realmente qué ha sucedido en ese universo desconocido que ha forjado aquella pareja, pero lo que sí queda claro es el efecto: el grafitero herido de amor no lamenta tanto no ver a su hijo, sino más bien poner al desnudo quién es la tal C....  Exponerla ante la sociedad, que el resto sepa quién es, para que sea "apedreada" por la comunidad, que esas palabras rojas que surgen del cemento la señalen ante todos. Si uno sigue caminando más adelante, encontrará lo que faltaba: en la pared de la casa donde habita la mujer hay otra violenta inscripción indicando su nombre: que no queden dudas, aquí vive ella, parece decir el desesperado.  No solamente poner al descubierto quién es la infortunada, sino también lograr que todos la odien.
El amor es un viaje de ida, nadie vuelve de él: en el mismo camino se mezcla lo sublime o el despojo del naufragio.

NOTAS DEL NAUFRAGIO

Veo las fotos de mi padre y veo un desconocido. A veces, un ser tan cercano suele ser un desconocido, como si se borrara suavemente dándonos las gracias. Aún no me conozco, profundamente no sé quien soy, a veces me siento un refugiado de guerra; por lo tanto, cómo puedo saber quién fue mi padre: una calle de San Fernando, el olor de las bombas en la plaza de junio de 1955, un brazo fornido en algún lugar de Mendoza, alquitranes, voces en algún atardecer incandescente y cobrizo. Un vaso de vino, asado, una gorra para el sol, una tarde de inundación, mucha agua, mucha agua en la vida nuestra, en nuestra relación, agua que desapareció, que corrió obedeciendo al mandato natural de Heráclito. Y también la muerte, el rostro envejecido siendo afeitado una y otra vez, recibiendo mis caricias. La renuncia. El fin.
-      Llevame muerte de mierda. No quiero sufrir más
Ráfagas de terror. Eso es estar. Fotos pegadas a la viscosidad de la memoria. Amenazas.
-      Vive, mañana, no estarás.
-      ¿Y todo lo hecho?
-      De nada sirve.
-      ¿Dust in the wind?
-      Dust in the wind.