Lo
primero que me llamó la atención fueron los pastos secos, los postes de los
alambrados lisos y lustrosos, allí donde pasaban frecuentemente las manos rudas
de los hombres. La tierra reseca y algo
indefinible que flota en el aire, un raro encendimiento de sol y aire que me
adhirió a esa tierra, poderosamente ajena a mí, distante, que sigue en el
tiempo su propio destino. Entonces, me sentí frágil, vulnerable, mortal, como
nunca me he sentido. Mi cuerpo limitado,
atrapado en la densidad corporal, me ha dio la conciencia de la finitud.
Acerca de aquello que alguna vez vimos y se perdió en la bruma de los días.
ALPINO Y LA CAPACIDAD DE ENGAÑARSE
Pensar que su vida
había sido un regalo del cielo, era lo que más le satisfacía. Eso lo decía
constantemente. A los embates oscuros y tropiezos normales que tiene cualquier
hombre corriente en este empedrado camino de la existencia, los había
maquillado de tal manera que se disimulaban ante los ojos del prójimo, es
decir, sus colegas atribulados de problemas que acompañaban sus jornadas
laborales. En rigor de verdad, no es que a los demás, es decir, esa masa
indescriptible llamada prójimo, le sucedieran más cosas fatales que al
protagonista de este relato. No, para nada, sólo que nuestro héroe se
contentaba con demostrar que a él siempre le iba mejor y caía parado como un
gato lo hacía desde el séptimo piso. ¿A
qué se debía esa curiosa manía de decir que era un hombre de suerte? Hasta
ahora nunca he encontrado respuesta a este interrogante.
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| Courbet |
Paralelamente a esa
vida casi paupérrima que llevaba, a nuestro amigo le gustaban las películas de
héroes. A ver, entendámonos bien: no hacemos referencia a la figura del héroe
de la tragedia griega que da la vida por una causa tan vasta que excede su
pobre condición humana, sino a las películas de héroes de Hollywood, ese
inhóspito lugar de ideas creativas y
profundas que ha pintado a la humanidad en la enorme división de buenos y malos,
sin dejar abierta la fisura alquímica de los grises.
En resumidas
cuentas, Alpino habían llamado sus padres a ese bebé regordete que había nacido
un martes trece de hace casi cuatro décadas atrás. Ustedes, lúcidos lectores,
dirán: ¡qué previsible! ¡Era lógico y probable que hubiese nacido un martes
trece y como respuesta defensiva ante la mala suerte, pregonara a diestra y
siniestra, su calidad de suertudo! Pues debo confesar que a este pobre testigo no
ha elegido la fecha de nacimiento ni las paganas y pueriles connotaciones que
la humanidad le ha atribuido al desgraciado número y su correspondencia con el
día de la semana en cuestión. Las cosas son así y es mi deber, o al menos mi
deseo, seguir narrando la historia de Alpino.
Lo más contradictorio
era que su suerte distaba mucho del aspecto económico. Su fortuna estaba en la
capacidad amatoria de Alpino y en dejar los corazones destrozados de las
desdichadas féminas. Hecho, a ciencia cierta erróneo, porque las mujeres que él
habíase jactado de amar, llámense, según el improbable estado civil que nuestra
sociedad reclama para sus ciudadanos, solteras, casadas, viudas y/o separadas
recientes, le habían prometido amor con tan poco desparpajo que cualquier
persona que entienda que las mujeres de siglo veintiuno distan mucho de
aquellas de la Edad Media que nuestro Alpino había leído en el Decamerón de
Bocaccio.
¿Razones? Como
testigo invaluable de estos hechos, debo decir que era la falta de amor, o de
reconocimiento, sino ¿qué otra razón puede llevar a un hombre a acostarse con
numerosas mujeres sino el desierto amatorio? La falta de seguridad en sí mismo.
¿Eh? ¿No les parece? Eso le dije yo cuando una vez me acosté con él absorbida
por la curiosidad. Porque yo puedo ser ama de casa, pero también soy profesora
de yoga y leo y me instruyo. Pero no quiero salirme del tema en cuestión, es
decir, del papel de narradora que me ha tocado ahora. Mientras se calienta la
leche de los chicos y antes que éstos pobres angelitos de Dios se levanten, les
voy a narrar lo que me enteré y lo que pude saber por propia boca de Alpino.
Alpino vivía solo,
condición básica para el despliegue de sus aventuras. Alguna vez había estado
enamorado de verdad. A ver, dejemos en claro que el ser humano ama una vez,
como dice la afamada canción. Sin embargo, en los ojos de Alpino, había
condescendencia, cuando no, vulnerabilidad ante la caricia femenina. Porque
cuando él amaba a una mujer, parecía que realmente la amaba, ¿se entiende?
Sepan disculpar que sólo soy profesora de yoga y no soy Agatha Christie ni nada
de eso. En otras palabras, pero que al fin y al cabo dicen lo mismo: Alpino no
engañaba a sus eventuales víctimas. Con el tiempo me di cuenta que eran ellas
las que lo engañaban a él, y me incluyo en la triste lista. Era un especie de
samaritano sexual, por decirlo de alguna manera, entonces cuando ellas se
satisfacían de un hombre que le dijera cosas bellas o cochinas aunque sea una
noche, luego prescindían de él como un par de zapatos viejos, o menos que eso,
porque a veces un par de zapatos nos puede gustar tanto que cuando lo dejamos
de usar, da no sé qué tirarlos. En todo caso, puedo aventurar que Alpino valía
menos que un cancán, de aquellos que se corren el hilo cuando lo usaste una vez
nomás.
En definitiva, lograr
que Alpino se me acercara no fue difícil. Pero ya estoy contando cosas
privadísimas de mí y no era ésa la idea.
Cada vez que Alpino
aparecía por mi clase de yoga, se tornaba difícil la concentración. Todos piensan que el yoga es sólo para un
grupo de mujeres con mucho dinero y pocas cosas que hacer, lo cual en cierta
manera, es cierto. Sin embargo, muchas veces nos encontramos meditando más allá
de los meros ejercicios de respiración, actividad que nos traía beneficios
tales como pensar en el sentido de nuestras vidas. Este hecho de profundas
raíces filosóficas, tiene una sola finalidad: el amor. Porque por alguna oscura
razón, al sentido de la vida lo encontramos si eso va acompañado con el amor,
es decir, con sentirse amada y todas esas convenciones sociales que apañan
nuestros días. Entonces, como les decía, luego de los ejercicios respiratorios,
que nos dejaban a todas flotando en las certezas de lo incierto, frase por
demás asertiva de la condición humana, nos agarraba una melancolía de aquellas;
de aquella melancolía tipo Schopenhauer. Y allí estábamos, réplicas
impertérritas de la estatuita de Rodin, con las manos en los mentones algunas,
tiradas panza arriba otras; pero todas mirando sin ver, absortas en el infinito
inconmensurable de nosotras mismas, ese infinito que tiene un solo nombre:
saber quiénes somos. Allí se me ocurrió, dado que en esas humildes mujeres
trabajadoras del pensamiento había combustible
para que prenda la llama del pensamiento, hacer la lectura de pensadores filosóficos. Y
todo por el mismo precio, porque no podemos olvidar el aspecto económico. Luego
de profundas cavilaciones, esta vez yo sola, llegué a la conclusión como un
hallazgo: Alpino podría venir a hablarnos de filosofía. Porque olvidé decir,
digresiones obvias de una narradora principiante, que Alpino era profesor de
filosofía del secundario.
Alpino llegó una
mañana con un manual de filosofía del secundario. Nos miró a todas una por una
y esbozó una sonrisa, diría casi carnal. Todas sabíamos quién era él, y como andábamos
en la búsqueda del sentido de la vida y todo eso estaba inevitablemente relacionado
con el amor, él era el sujeto indicado.
Alpino Segundo era
el hijo menor de los cuatro hijos de un matrimonio de esforzados militantes de
los años ’70. Sí, de aquellos años cuando el mundo era una certeza: el mundo
estaba dividido en dos: los buenos, los malos. Una pequeña porción del mundo
restante estaba ocupada por los indecisos, a los cuales también se los llamaba
“tibios”. En otras palabras, a Alpino lo criaron entre sermones políticos
frente al televisor y la hostilidad de todos los parientes. Si nos preserváramos una opinión, podríamos
decir que Alpino necesitaba siempre que lo quisieran, que lo estimaran, que lo
confirmaran como un sujeto deseable.
(Continuará)
Cómo perder toda tu vida en segundos
Hace unos días, por un virus desconocido o impericia
del técnico al cual llevé mi pc para reparar, toda la información que tenía
acumulada durante más de una década se volatilizó en segundos. Esto no sería tan
terrible sino fuera porque esa información incluía libros de relatos, de cuentos, de poemas, etc. Además de fotos,
música, cine y todo lo que una pc puede albergar en esa panza microscópica que no se
llena nunca. El muchacho me miraba indolente ante mi cara de estupefacción y no podía trasmitirle la gravedad de
la situación porque estaba más preocupado por si me ponía la última versión del
Windows y no sé otros programas fascinantes.
Volví a casa aterrado e impotente. Recordaba todos mis archivos, mis escritos de
gran cantidad de horas de trabajo y no podía entender la magnitud del
daño. Al cabo de horas, (mi capacidad de
recuperación ante lo trágico es asombrosa a veces) decidí que debía empezar de
nuevo, de cero. No quedaba alternativa. Obvio que no requirió demasiado tiempo tomar esa decisión.
Empecé por el rescate de la música, ya que sin ella
mi vida sería más desoladora de lo que ya lo es. La campaña consistió en ir a la casa de mis
hijos y rescatar toda la música posible.
En algo he paliado esa carencia.
Lo que se ha llevado el viento informático viral, no se recuperará, pero debo reconocer que hubiera sido más épico, más histórico, ver las llamas ardiendo sobre mis escritos por mi propia decisión.
Lo que se ha llevado el viento informático viral, no se recuperará, pero debo reconocer que hubiera sido más épico, más histórico, ver las llamas ardiendo sobre mis escritos por mi propia decisión.
LANZAMIENTO NOVELA SOMBRA DE MEDIODÍA
Alejandro es profesor de Lengua de escuela en Talita, un pueblo pequeño, que vive y sobrevive gracias a su casi única fuente de trabajo, la planta de producción de celulosa Starmakes. Aquí la vida transcurre aparentemente tranquila y sin sobresaltos. Sin embargo, tras las apariencias, se entreteje una serie de enredos interesantes.
Alejandro se siente atraído por una alumna menor de edad. La jovencita corresponde a este amor que surge lentamente de un juego de seducción mutuo hasta convertirse en amantes, escandalizando la moral del pueblo.
En tanto, un oficinista de Starmakes decide abandonar su rutina estafando a la empresa. El Gerente Contable de la empresa descubre el engaño y, en lugar de delatarlo, decide manipularlo. El punto donde ambas historias convergen desencadena una serie encuentros, desencuentros, muertes y olvidos que nos obligará a terminar la historia hasta el final.
AMAR LO DESCONOCIDO
Hoy, una alumna se acercó y me dijo, yo sé
cómo es usted. Semejante hipérbole es incapaz de sostenerse en la mañana de un
lunes a primera hora. Supongo que la miré con el rostro desencajado, quizá aún
no había sacado el material de trabajo de mi mochila y me quedé observando la
carita presa de una autoestima demasiado inaccesible para cualquier hombre que
haya traspasado confiadamente la mitad de su vida. Ah, sí, pregunté. Ella metió
el capuchón de
Me dejó sin palabras. Cualquier admonición
académica a esa altura era estéril, no agregaba nada a sus palabras.
Fugazmente, pensé en cuánto le quedaba por
vivir, por sentir, por descubrir en esta vida a la que hemos sido arrojados.
Pensé que seguramente ella me trascendería, amaría, tendría hijos y envejecería
como cualquier mortal. Pensé en esa potencia inescrutable que es la literatura
que nos unía inexorablemente en un lugar espacio tiempo del mundo al menos por
unas horas, nos hería de finitud y desnudaba nuestra contingencia.
Quién necesita amar lo inescrutable para
vivir cada día. Oficio penumbroso y diáfano a la vez.
Está bien, dije, siéntese ahora.
Y se sentó. Volví a mirar el tema del día que debía dar en mis anotaciones; tomé aire y resolví, como siempre, como desde hace años que
lo hago, aunque el oficio se confunda con el amor y el desdén de las planificaciones
escolares, tomar un libro y empezar a leer: “Pienso que en este momento / nadie
piensa en mí,…”. Ellos me oían; algunos con sus mandíbulas apoyadas sobre sus
manos; otros recostados sobre sus asientos; otros, mirando distraídamente hacia
la ventana, a través de la cual se veían los árboles humedecidos por la garúa
gris.
Agradecí mi oficio, agradecí la palabra,
agradecí tener voz para darle vida.
Era sólo un día más. Irrepetible como un día
más que pasa y no vuelve: fugaz como la vida misma y, a la vez, tan eterno "como el agua y el aire.”
NADA ES DEFINITIVO
Preparó el desayuno esa mañana, y cada movimiento de ella me hacía recordar el condenado poema de Prévert. Dijo que necesitaba aire, saber qué le pasaba, que era sólo una “oportuncrisis”. Nada de eso lo creí: sabía que jamás volvería a pisar el umbral de mi departamento. Sus manos avanzaron hasta el roce. Esa mañana su rostro era de más niña que nunca: me concedí un acto indulgente de piedad, intenté retenerla, mostrarle qué tanto desnudos estábamos los dos ante el dolor del mundo; que ha nadie le importaba lo que nos pasaba. Era invierno: ella echó su abrigo sobre sus hombros y se fue.
Así de sencillo.
En los días que vinieron no paró de llover en mi corazón cansado. Sí, comprendí todo aquello de que cada uno busca la felicidad a toda costa a través de la presencia del otro.
Sin embargo, nos fuimos lentamente desintegrando en la erosión de las horas y de los roces ajenos. Hoy, ya no me duele. Es como un relampagueo de una huella no transitada, virgen, que el viento de los días va cubriendo y el pasado se hace cada vez más pesado mientras pasan los años A veces, resuena la frase jamás dicha, lo que pudo haber sido, lo que dejó de ser; eso de añorar el amor que no fue es como hablar con la muerte en el café de la esquina.Pero la vida juega a la ruleta con nosotros.
Entonces, un día, un encuentro, un llamado por teléfono, otra voz, alguien que piensa en nosotros nuevamente y los días corren veloces sobre la tierra y nos restaura algo del elemento perdido. Otra vez la leve modelización del amor sobre otra piel, otra vez el temor de sabernos desnudos, indefensos ante el borrador que se escribe de nuevo. Otra vez la ceguera ante la puerta que se abre, el éxtasis y el abismo. Vivir: ejercicio de nadar en la red tejida de los sueños.
La vida todo te enseña, sólo si lo has vivido.
LISTA DE OLVIDOS
Encontrarla.
Ver en lo peladito del día su carita colgada de la distancia.
Tan linda.
Sonriente como una publicidad de dentífrico,
Tal cual era, tal cual será en mi recuerdo.
Tan única como partida de ajedrez de kasparov, caballo come a alfil
Flaquita el alfil, linda.
Y canturrea como siempre lo hizo
Con un medido desdén
Para no provocar dolor, che.
Y le miro las manitos (¿o manitas?)
Esas puntitas del placer negado.
Y las mueve y los deditos no paran de unirse
Y frotarse entre sí como abejitas
(¿las abejitas se frotan?)
Y no me hablará.
Con delicadeza le sacaré de la carita
El Lagrimal Trifulca Nº8
Correte, Cesaire, Lamborghini.
Y no habrá nada.
Porque debe ser así.
Con nada contentarse uno y besar el aire
Que ella respira y la luz de la palabra que no fue,
Como dolorcito de panza, con retortijones o retorcijones.
Y afuera sonarán las máquinas de solcitos de inviernos.
Blancos los días sin vos.
Como lápida de amor, viento y ceniza de asado
Del comido domingo.
ANTICONSEJOS
Ella se fue. Eso es todo. Quedó el aire boqueando en los rincones de estas paredes. Vacía la parte de su guardarropas, donde a la noche aparecen fantasmas que caminan hasta el baño y oigo su pis deslizarse hasta las profundidades subterráneas de este globo que nos contenía. Nada más. El resto de la humanidad es sólo una caravana sin rostro que avanza sin sentido.
La noche es el problema. El silencio, la ausencia de su cuerpo a mi lado. Y yo me dije: mejor, estaré sólo y viviré con mis tiempos propios, comiendo las comidas que me gustan. Nada de eso es cierto. Mi corazón la pide a gritos porque el imbécil no entiende que ya no lo aman más. Lo podés entender de una buena vez, le grito a mi corazón cansado, pero no entiende, se limita a buscarla cuando vamos por las calles atestadas de mujeres, todas distintas, todas lejanas, feas, sin gracia. Y nunca la encontraremos. El celular ya no se ilumina y salta como cuando entraba un mensajito de ella, aunque sea con esas dos palabras, profundas, pero que ahora suenan despiadadas en el recuerdo: “Te amo”. Nadie está preparado para el fin de amor.
Ahora volví a fumar, rabioso y a comer inconcientemente todo el día. Todo lo devoro, comidas, Facebook, algunas páginas pornos buscando algún cuerpo parecido. Pero es imposible.
Abro los libros y están sus rastros, sus pequeños comentarios en lápiz en los márgenes dirigidos a mí, en esa relación dialéctica con la literatura que nos unió siempre. Ahora los libros son casi enemigos. Ella está allí.Ella no está más. Como si hubiera muerto, como si un enorme astro gigante la hubiera devorado hacia el infinito. La vi irse, con su saquito rojo, en una mañana de domingo. Me di vuelta y no me volví a mirarla. No quería ese espectáculo de la partida. No había nadie en las calles y la ciudad bostezaba aún saliendo del sábado.
De pronto se acercan personas que me dicen que me quieren. Pero quien me interesa no me ama.
No tengo nada que la traiga de vuelta, algún objeto olvidado, un pretexto para llenar el vacío de las horas. Para llamarla y decirle te olvidaste el toallón que te gustaba, tendrás que venir. Entonces limpiaré el baño con lavandina como a ella le gustaba, los pisos brillarán y haré la cama, por si alguna flaqueza de la carne nos vence.
Pero ella no volverá. Entonces es inevitable contar los años que vendrán sin sus caricias, sin el olor de su piel, de su cabello, sin su voz. En los sueños pasa lejos también, con otro hombre, siempre con un estúpido que no sabrá amarla como yo lo hice: conociendo cada pliegue de su cuerpo, mirando cómo se ponían húmedos sus ojos antes del orgasmo.
El amor duele.
Duele como un cuchillo atravesando la carne en una mañana de invierno.
19 de Setiembre 2011- 19:42 hs
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